Amor en tiempos de Lupino

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HomoPara las parejas romanas, en su momento, fue muy fácil contraer matrimonio y mucho más fácil aún el deshacerlo.

El derecho romano dispensaba al matrimonio el rango de hecho social con relevancia jurídica, despojado de formalidades.

Para su constitución solo se observaban dos requisitos: la convivencia de los cónyuges y el afecto marital.

Por supuesto, ambos contrayentes debían gozar del llamado ius connubii, es decir, el derecho a celebrar justas nupcias. No obstante, en un principio, debido a la aguda diferencia de clases sociales, el matrimonio estaba prohibido entre patricios y plebeyos.

Así lo estipulaba la XI Tabla broncínea.

Pero como el amor todo lo puede, esta barrera cayó con la promulgación de la Lex Canuleia, aproximadamente en el año 445 a.C.

Así las cosas, con el incremento de los matrimonios, en progresión aritmética, también aumentaron los divorcios en tal proporción.

Asombrado por estas cifras, se le atribuye al filósofo Lucio Séneca (4 a.C.- 65 d. C.), la siguiente expresión:

“¿Qué mujer se sonroja ahora por el divorcio desde que ciertas damas ilustres no cuentan ya los años por el número de cónsules sino por el de sus maridos?”

“Se divorcian para volverse a casar; se casan para divorciarse”.

El divorcio, como causa de disolución del matrimonio romano, se configuraba por el mutuo consentimiento de los cónyuges o por el repudio de uno de estos para con el otro; y como es más fácil tomar una decisión unipersonal que poner de acuerdo a dos voluntades contradictorias, el repudio triunfó como vía expedita para la desintegración del matrimonio, al bastar que un cónyuge le espetara a otro: Ten para ti tus cosas.

La impronta patriarcal y machista de la Ley de las XII Tablas, contemplaba tal acción solo para el marido en el texto de la VI Tabla, pero luego, también la mujer pudo repudiar a este: ¡Igualdad de género!

Los pobladores asentados, ya desde hace cinco centurias en este largo y estrecho archipiélago caribeño, los homos lupinos cubensii, cuya genealogía, como sabemos, arranca en la encumbrada Ciudad de las Siete Colinas, de rancia raigambre quiritaria, velan sus sentimientos conyugales al amparo de su Código de Familia, promulgado en 1975.

En sus artículos 2 y 43, respectivamente, define lo que es el matrimonio y su extinción.

Pero, los romacubanos, con la praxis social de los últimos años, y en franco renacimiento de los hábitos ancestrales (¡qué fuerza tiene la costumbre!) de sus mayores itálicos, han desestimado dichos preceptos y, ahora, no se casan y esta omisión les evita el papeleo del divorcio, aunque sí conciben tempranamente.

Aquello del afecto marital como clara evidencia del lazo conyugal, es, ahora, una burbuja de amor que poco después revienta en las narices de los amantes; eso sí, el repudio es más expedito que un divorcio judicial o notarial y, sobre todo, tiene la ventaja de su gratuidad.

En cuanto a la convivencia, el otro requisito esencial, exigida por los clásicos, poco importa, dado que ninguno de los dos es propietario de un inmueble urbano, ni viven solos, y, una noche aquí y otra allá, van pasando los días, el despego se profundiza como cuña; luego, viene la frase conminatoria: ¡Recoge tus cosas y lárgate de aquí!, remedo idiomático de la célebre frase romana de antaño.

Como otra veta del capitolino régimen en el plano sentimental, es el acercamiento de los homos lupinos cubensii a los extranjeros.

Recordemos que los bárbaros o tribus germanas merodearon, penetraron e hicieron caer el imperio romano occidental. Pero en honor a la verdad histórica, salvo una que otra batalla cruenta entre los contendientes (¡sí se entablaron concupiscentes luchas en los lechos híbridos!), ambos pueblos convivieron y se transculturaron apaciblemente.

La ruta trazada por aquellos halló nuevos caminantes.

Los homos lupinos cubensii hace poco más de medio siglo están a favor de la coexistencia pacífica y las afectuosas relaciones con los ciudadanos de otras naciones del orbe, doquiera que fueren sus coordenadas terrestres.

Así, en los años de los 60 y 70, los homos lupinos tendieron lazos maritales con naturales que residían en regiones cercanas a los montes Urales, los Cárpatos, los Balcanes o el río Rhin, porque a estos confines fueron a estudiar o trabajar.

Ahora, han descendido en latitudes, en busca de climas más benignos y se agolpan en la otrora provincia de Roma (¡la sangre llama a la sangre!), nombrada por los legionarios “tierra de conejos” o Hispania, aunque también han cruzado los Pirineos y los Apeninos, amén de extender su presencia sentimental en islillas volcánicas cercanas al continente africano, o en su propio corazón (¡viaje a la semilla!).

En los últimos lustros han incursionado con los pueblos amerindios, asentados en grandes corrientes fluviales, y exploran, con tiento, la región del sol naciente y la de la media luna. ¡Amorosa pasión por la astronomía!

¡Claro está! En todas estas latitudes se exige la acreditación del matrimonio formalizado, el pasaporte y la correspondiente visa, so pena de dejar varado al peregrino extranjero.

¡Sumisión expresa a la ley nacional!

Después de todo, parodiando a cierto personaje histórico, París bien vale un matrimonio, aunque, lleno de nostalgia, el homo lupino cubensii le aúlle a la luna llena reflejada en el Sena.

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez (Profesor de derecho)

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