De las fiestas saturnales a los carnavales

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CarnavalEn la Roma esclavista corría a cargo de los pontífices (etimológicamente, “hacedores de puentes” o funcionarios religiosos, intérpretes del derecho divino o fas) la determinación en el calendario, entre otros, de los días fastos y nefastos; los primeros, propicios para la celebración de festividades, los segundos, para observar moderación y austeridad en los hábitos cotidianos.

Más por temor que por devoción, los romanos rendían culto a los dioses de su panteón.

A Saturno, padre de los dioses paganos, se le honraba todos los años del 17 al 23 de diciembre. Las festividades llevadas a cabo en su honor se denominaban saturnales.

Las fiestas saturnales devinieron entre los romanos en alborotos populares, actividades licenciosas y orgías desenfrenadas.

Se bebía cerveza y vino a raudales, se comía rayando en el pecado de gula y se practicaba el sexo con lujuria desbordada.

La tradición carnavalesca legada por sus mayores peninsulares al homo lupino cubensii, ha sido honrada, enaltecida y sobrepujada por los vástagos isleños de este último.

Si aquellos festejaban a finales del año viejo o a inicios del nuevo, el lupino se las ha ingeniado para desarrollarla a lo largo de todo el año gregoriano: ora, aquí, ora, allá; lo mismo en diciembre que en enero, o en junio, julio y agosto o en septiembre u octubre (¡al fin y al cabo todos estos meses rememoran la raigambre cultural romana!).

Si los ancestros animaban a la plebe con arpas, cítaras y flautines en aquel entonces, ahora, el homo lupino sitúa descomunales bafles y bocinas en cualquier lugar de la ciudad o villa para atronar con su horrenda música mecánica a seguidores de Saturno, transeúntes o vecinos del lugar de emplazamiento de tales monstruos sonoros, con la aquiescencia de las autoridades locales.

Mientras esto impresiona los oídos, corresponde ahora a las papilas gustativas, incrustadas en las lenguas de los homos lupinos, degustar los líquidos y sólidos, que cuales aludes y torrentes, se desploman raudos por sus esófagos cuesta abajo.

La principal bebida espirituosa que traga a borbotones es la cerveza.

De acuerdo con sus posibilidades pecuniarias, puede comprarlas frías o medio frías, o casi calientes; igual variedad exhiben en sus recipientes contentivos de la espumosa bebida: en bellas latas o en botellas, con o sin etiquetas, y, las más populares en pergas u otras vasijas plásticas o metálicas, que siempre acompañan al lupino en sus correrías carnavalescas.

Estas últimas, aunque baratas, suelen venir acompañadas de empujones para su adquisición, adicionadas con abundante agua para contrarrestar su contenido alcohólico y engrosar los bolsillos de sus vendedores, amén de su rápido agotamiento. También son elaboradas en fábricas domésticas para competir con las legítimas, burlar al bebedor e incrementar los ingresos personales del homo.

Como el lupino es tan generoso y solidario, los recipientes corren de mano en mano y de boca en boca (estas con halitosis o sin ella), repartiendo entre amigos y conocidos sus efluvios etílicos, en mixtura salival.

Otro tanto ocurre con los sólidos deglutidos que, de acuerdo con los gustos y bolsillos, parpadean entre un bocadito de cerdo, o una pizza o un tamal.

Se aprecia entonces, en su ingestión, un adecuado balance de alimentos energéticos y plásticos para encarar la larga noche de diversiones.

Decursadas las agitadas horas de placer, el implacable tracto digestivo y urinario, expoliado por la entrada masiva de líquidos y sólidos, compele al apurado lupino a evacuar sus intestinos y vejigas (si antes no ha regurgitado su contenido gástrico involuntariamente). Ante tales urgencias de la flaca naturaleza humana que todavía conserva, se encamina a retretes públicos instalados sobre el alcantarillado urbano, penetra en ellos con sumo cuidado, intentando evadir deyecciones de todo tipo presentes en el suelo, y conteniendo la respiración y aflorando el órgano excretor, por fin, da rienda suelta a su musculatura intestinal y uretral, y placenteramente, ya más ligero de vientre y vejiga, retorna con renovado ímpetu a sus correrías carnavalescas.

Es bueno acotar que el ingenio innovador de algunos lupinos le condujo a la invención del baño público móvil, aditamento montado en ruedas sobre un arrastre o remolque, tirado de un automotor, muy cómodo para la actividad fisiológica de los adoradores de Saturno (¡el dios, no el planeta!), y para sus dueños a quienes reporta, además de ingresos pecuniarios, un suministro de abono orgánico o de comburentes para sus digestores de gas doméstico, aunque otros…!quién sabe dónde lo desaguan!

Las noches de carnaval, naturalmente, tienen sus escenarios listos para los episodios de amor, pasión ancestral romana, presididos por Venus y Eros.

Las parejas (tanto de heterosexuales como de homosexuales: pincelada histórica, el célebre Julio César era bisexual) inician sus sobeos corporales desde la coronilla craneana hasta la región pélvica, con intensos puntos de fusión en bocas y bajos vientres; todo ello al compás de la música estridente, de cuerpos sudorosos y jadeantes, de los claroscuros del lugar, bajo las miradas de curiosos y el grado de alcohol en sangre.

Alcanzada la máxima ardentía pasional por los amantes, la pareja se retira, en pos del rito final, hacia una hostería (si el bolsillo mancomunado lo permite) o hacia las profundidades más oscuras y solitarias del entorno citadino, aunque también entre los arbustos próximos.

Entretanto, los progenitores lupinos contemplan el programa televisivo, despojados de preocupación alguna por sus vástagos o duermen arrullados por el aire del ventilador, a pesar de la minoría de edad de aquellos.

En otros eventos carnavalescos, aquí, se desata una riña entre contendientes, uno de los cuales empuña un arma blanca; allá, se asalta a una pareja solitaria, o acullá, sigilosamente, en medio de la muchedumbre, una mano de seda y diestra, sustrae una billetera de bolsillo ajeno; o más allá, a un soporífero borracho, tirado en un portal, lo desnudan y le dejan en calzoncillos, en tanto alegres grupos de lupinos cantan desentonadamente y estrellan botellas contra el piso de las calles, en franco desacato al sueño de los vecinos.

Al fin, la aurora tiñe con sus rosáceos dedos el día, el sol se eleva poco a poco en el horizonte, los cansados lupinos recobran fuerzas en sus moradas, el estruendo citadino se acalla para renacer pocas horas después, cual ave fénix, y, maldiciendo de su suerte, los empleados de la edilidad comunal, limpian excrecencias de toda laya, tanto naturales como creadas por el hombre, y los organizadores de la festividad ponderan la utilidad y el valor de la tradición cultural, una vez más, perpetuada en esta ocasión, desde la Ciudad Eterna hasta nuestras villas de medio milenio.

Por: Manuel Arturo Arias Sánchez (Profesor de derecho)        arturoa@fach.uniss.edu.cu

 

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