El león de Nemea

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 HérculesEn la primera de las muchas “hazañas de Hércules, sus pasos le conducen hasta la lejana capital del país que le vio nacer.

Su atención fue llamada de inmediato por las amplias avenidas, los elevados edificios (también por los ruinosos), las muchedumbres agolpadas en vías y vehículos populares, la música altisonante y de mal gusto, y los grandes basureros, en casi cada esquina capitalina, donde pululaban moscas, cucarachas y roedores, todos ellos alimañas de poca monta para descargar las enormes fuerzas de nuestro héroe.

Ávido de riesgos, peligros y asechanzas, dirigió sus pasos hacia el malecón costanero. Avanzaba en tal dirección cuando divisó en lontananza a un melenudo león dispuesto al ataque, muy atento a sus movimientos. Con cautela se le aproximó.

Sin darle tiempo a reaccionar, el felino recibió un contundente golpe de su puño en el cráneo; un sonido horrísono se dejó escuchar en el silencio de la noche, a modo de campanada.

Aparentemente atontado el animal, Hércules se le abalanza con todas sus fuerzas y ciñe su cuello en un abrazo mortal. Ni un rugido agónico se escapó de la garganta del rey de la selva: estaba estrangulado.

Un tanto jadeante, la sorpresa prende en el ánimo de Hércules: el gigantesco gato exhibía una rigidez cadavérica inmediata. Palpó sus extremidades y garras pero ninguna señal de vida que se escapara del animal, solo frialdad en todo su cuerpo. Pero más sorprendido quedó el héroe cuando, al girar su cabeza, divisó otro carnívoro, tan grande como el primero, que le observaba desde la corta distancia. Sin darse tregua, lo embistió con nuevos bríos, certeros golpes en el cráneo y letal abrazo alrededor del cuello de la bestia.

Aniquilado el voraz depredador, volvió a percatarse que otro, y otro, y otro felinos le esperaban en el estrecho pasadizo donde se encontraba, toda una manada de violentos machos. ¡Concho!, exclamó, al mítico homólogo de antaño solo le cupo enfrentar un león y, en cambio, a él le tocaba toda una manada de feroces reyes de la selva. Pero con idéntico denuedo, uno a uno los fue eliminando con su demoledor descarga braquial y asfixiante apretón.

Mas presente en todas las bestias la misma indiferencia ante la muerte cierta.

Derribado el último león, orinó sobre él en épico gesto victorioso.

Una decena de atónitos trasnochados contemplaba la escena de tan singular combate entre el fornido hombre y las broncíneas estatuas de los leones que custodiaban, simbólicamente, el otrora Paseo de Extramuros o Alameda de Isabel II, erigido en 1772, en la urbe capitalina insular.

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez(Profesor de Derecho)