Gladiadores y peloteros

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Bronca-de-peloteros“Mente sana en cuerpo sano” es una frase, legada por los romanos de la antigüedad al mundo entero, que no ha perdido su vigencia en nuestros días.

Observadores de la cultura física, como lo fueron en su tiempo los griegos, a quienes imitaron, los romanos practicaron diferentes modalidades deportivas que aún hoy se ejercitan: el pugilato, la lucha, el lanzamiento de objetos pesados, la lanza, las carreras pedestres en distancias cortas y largas, las de carros y la equitación.

Con tan sano propósito en mente, tanto en Roma como en sus dominios provinciales, las autoridades levantaron circos y coliseos para el solaz del pueblo.

Roma, la Ciudad Eterna, como les gustaba llamar a su capital, levantó un circo de descomunales dimensiones, bautizado Circo Máximo, nombre apropiado a su tamaño: medía 634 metros de largo por 211 de ancho, circundado por graderías de piedras, con capacidad para 80,000 espectadores.

En sus pistas de arenas se desarrollaban las competiciones descritas y en el intervalo entre una y otra, se llevaban a cabo proezas de equilibrio sobre caballos al galope, artes malabares y combates con fieras o entre gladiadores.

Los circos, de forma circular o elíptica, se coronaban con estatuas y obeliscos consagrados a los más ilustres ciudadanos romanos, y doquier que existieran espacios libres apropiados, en provincias o territorios aliados de la república o del imperio, eran edificados.

Poco a poco, las escenas deportivas fueron cediendo su espacio a los sangrientos espectáculos de los bestiarii (o enfrentamientos entre bestias, o de estas con hombres), y de los combates entre gladiadores (esclavos entrenados para este horrendo fin).

Se datan como primeras luchas de gladiadores las efectuadas en el año 264 a.C.

El gladiador (su nombre procede de la voz latina gladius, espada) combatía contra otro, armado cada quien de tridente y red (el rediario) y de lanza y espada.

El combate trabado era casi siempre a muerte, según señalaran sus preferencias los espectadores mediante sus dedos pulgares: si apuntaban hacia el suelo, significaba la muerte del vencido; si hacia el cielo, el perdón.

Notables combates de gladiadores organizaron el archiconocido Julio César y el emperador Trajano (53-117 d. C.): bajo los auspicios de aquel, contendieron 320 parejas, y bajo las de este, 2000 gladiadores.

Plantados firmemente sus pies sobre la arena del circo, los gladiadores pronunciaban la legendaria frase: ¡Salve, César! ¡Los que van a morir, te saludan!

Iniciada la cruenta pelea, los contendientes se abalanzaban con ímpetu de asesinos en acción.

Un remedo de los circos y coliseos ancestrales, son nuestros estadios de pelota.

Nuestros jugadores, fieles a su especie de homo lupino cubensii, han trocado la espada y la red (no obstante, conservan el peto y el casco) por el bate y la pelota como armas homicidas, y se arremeten con la misma furia que sus antecesores en la arena del circo romano, si bien antes se persignaron, e invocaron o agradecieron al cielo.

Solo les faltaría pronunciar las palabras siguientes: ¡Queridos espectadores! ¡Los que se propinarán aplastamientos, les saludan!

En tanto en el vértice del diamante esto acontece, en las graderías se levanta un rugido de rabia o consentimiento, emitido por los fanáticos, según se apoye a uno u otro gladiador, ¡perdón!, pelotero, e, instintivamente, los dedos pulgares se crispan y apuntan hacia el piso (¡atávico gesto grabado en el genoma, no superado!), y la arena se llena de inmundicias plásticas, de cristal o papel, de cucuruchos, según el caso, arrojados desde las graderías de concreto.

¡Cuánto falta para eliminar estos malsanos hábitos en todos los estadios de nuestras villas claras, y con ellos, erradicar instintos criminales de matanzas!

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez                     arturoa@fach.uniss.edu.cu

 

 

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