Hidrofilia de Roma a Cabaiguán, agua que no has de beber…..

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HidrofiliaSobre ella acunada, se gestó la vida, y gracias a ella, se conserva y perpetúa. Sirvió, y sirve, de asiento a las grandes civilizaciones y urbes; por ella, se auguran guerras entre naciones para asegurar su presencia entre los contendientes; es una molécula de solo dos elementos que llenan escaños distinguidos en la Tabla Periódica de Dimitri Mendeleiev (1834-1907): hidrógeno y oxígeno.

Desde bien temprano, los humanos aprendieron a almacenarla y, luego, a conducirla, mediante zanjas y cañerías, de un lugar a otro.

El ingenio domeñó el precioso líquido gracias a los acueductos. Aztecas, babilonios, chinos, egipcios, incas, indios y romanos construyeron redes de conducción del agua.

La arquitectura romana empleó el arco y la bóveda en sus edificaciones, bajo la escrutadora mirada de los conocidos ediles curules.

Los acueductos romanos se extendían por todo el territorio conquistado, y con sus largas hileras de arcos a manera de puentes, llevaban la corriente de agua desde un manantial en las montañas hasta una fuente de abasto en la ciudad.

Ya en el suelo, el agua corría a través de canales abiertos a base de ladrillos y morteros; las calles contaban con cloacas para el desagüe de las aguas pluviales y albañales.

Los acueductos romanos de Segovia (Hispania) y de Pont de Gand (Galia) fueron importantes en su momento, cuyas estructuras todavía se aprecian.

El uso y disfrute de las aguas fluviales y pluviales, vale decir, de ríos y lluvias, fue regulado por el derecho romano clásico.

Ordenaba el numeral 7 de la Tabla VIII, “De los predios”, que “si por causa de un artefacto pudiese el agua de lluvia perjudicar al vecino, nombre el pretor tres árbitros, y dése acción al dañado”.

Mas la disciplina hidráulica no terminaba aquí. Al amparo de su derecho civil, los romanos regularon la institución de la servidumbre.

La servidumbre no es más que un derecho sobre una cosa ajena que beneficia a su titular.

De tal modo, el derecho romano desarrolló las servidumbres de “saca de agua” (o facultad de sacar agua del pozo o fuente); de “acueducto” (o derecho de conducir agua a través del predio ajeno); de “vertimiento de aguas” (o hacer pasar al contiguo, aguas del predio propio para desecarlo); de “abrevadero” (o llevar el ganado a abrevar al predio vecino), y la de “permitir el vertimiento del agua de lluvia al predio colindante”.

El quebranto de estas reglas hidráulicas provocaba, en el perjudicado, reclamaciones ante las autoridades edilicias y judiciales de entonces.

Jalón histórico en la evolución de los acueductos cubanos, sin duda lo es la construcción del Acueducto de Albear, maravilla de la ingeniería civil criolla, levantado en 1858 (su terminación se prolongó hasta 1893) por el ilustre Don Francisco de Albear y Fernández de Lara (1816-1887).

Un siglo después, la voluntad hidráulica del Estado cubano ha impulsado, a lo largo y ancho del archipiélago, la construcción de numerosos embalses (242), acueductos y redes de distribución del líquido, para su uso racional (7 mil millones de metros cúbicos), pero…el homo lupino cubensii entró en la liza con insaciable sed y afán de despilfarro del recurso natural.

La instintiva aversión al agua (a los lobos no les agrada el baño con frecuencia), se trocó en incontenible sobreconsumo, como veremos, y plena observancia a la ley romana.

Así pues, bajo la túnica legal invocada anteriormente, nuestro homo lupino ha llevado a abrevar y bañar sus caballos a los ríos, corriente abajo y muy cerca del vaso colector del acueducto (esto, haciendo uso de su derecho de servidumbre de abrevadero); ha cortado el flujo de agua de arroyos tributarios de ríos, y los ha derivado hacia su parcela (al amparo de la servidumbre de acueducto); ha abierto zanjas y perforado conductoras principales de agua para tomar el líquido vital (todo ello al socaire de la servidumbre de “saca de agua”); ha represado aguas arriba, las corrientes de ríos y arroyos, con el propósito de estancarlas y tomar en secano el precioso líquido para sus tierras y ganado (¡plena adecuación del precepto broncíneo!); con su sagaz ingenio, ha drenado sus tierras bajas y con ello, vertido el agua en planos inferiores al suyo (de modo que cumple con la servidumbre de permitir el vertimiento del agua de lluvia al predio colindante, amén de beneficiar su finca con la desecación oportuna por exceso de lluvias).

Ni corto ni perezoso, el homo lupino ha inclinado a su favor el balance de agua. Así, ha construido piscinas y jacussis en sus hogares, en clara remembranza de las termas de sus ancestros capitolinos, para solaz suyo y de los suyos, en pos de la pérdida de lípidos abdominales; friega, escrupulosamente, sus amados vehículos de motores de combustión interna (algunos de los homos se han dedicado a esta modalidad del trabajo por cuenta propia); canta, bajo la ducha, lo mismo una canción pop como Darte un beso que La traviatta de Verdi (aunque sin el pecho de un Pavarotti o un Plácido Domingo), de acuerdo con su cultura (¡son más los no cultivados!) pero exhiben como denominador común, el correr del agua a mares; se afeita, si lo hace, con la llave del grifo abierta a toda su capacidad; desprovisto de memoria reciente, recuerda abrir el grifo de agua para comprobar que corre, si no, la deja abierta (¡qué desmemoriado!), para cuando pongan el agua; las gomas de sus carros aplastan, sin miramientos compasivos, las cañerías de agua (¡no importa, son del pueblo y él es del pueblo!); no sustituye zapatillas, flotadores y válvulas de cierre defectuosos; riega con sumo esmero su jardín o sus cultivos organopónicos; en el fregado de vajillas y utensilios domésticos, la espumeante agua se desliza a borbotones; vierte mondongos de cerdos, bolsas plásticas, desechos orgánicos contaminados, neumáticos, escombros y aguas negras en aguas mansas; rompe los relojes contadores del consumo de agua, y para colmo, ¡le añade agua a la cerveza y al ron!, y reafirma con su estribillo refranero: ¡Agua que no has de beber, déjala correr, déjala correr, déjala correr!

Si se suma a este balance de agua el cambio climático y su consecuente escasez de lluvias, podemos sostener que nuestro enjuto archipiélago se convertirá (¡a no dudarlo!), dentro de poco, en un árido desierto caribeño, por obra y gracia de los homos lupinos cubensii.

¡Es responsabilidad de todos evitarlo!

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez (Profesor de derecho)             arturoa@fach.uniss.edu.cu

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