Homo Beelzebul, príncipe del estiércol

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basureroLa Ley de las XII Tablas (pesadas planchas de bronce en cuyas pulidas superficies se esculpía la letra legal), monumento jurídico de la antigüedad (451 a. C.), intentó zanjar las diferencias clasistas entre patricios y plebeyos romanos.

Con tal intención, entre otras aristas institucionales del derecho, las Tablas regulaban las formas de adquirir la propiedad.

De la aplicación de sus broncíneos preceptos, el romano mediterráneo gozaba de derechos sobre las cosas bajo su dominio.

Así, dentro del ámbito espacial de su inmueble rústico o urbano, el dueño no tenía límites y hacía con su propiedad lo que quisiera. Este rasgo fue denominado ilimitación interna del propietario sobre su finca o casa.

A esta característica se le añadía un derecho fundamental derivado de su poder sobre la cosa: el abuso sobre la misma.

El abuso, entonces, era la facultad del dueño de disponer libremente o de destruir las cosas suyas, sin que nadie se atreviera  a oponerse.

Bajo estos dictados, el romano capitolino podía prender fuego a su morada, matar a sus esclavos, regalar sus cosechas y dilapidar su hacienda.

Los descendientes de aquel, vale decir el homo lupino cubensii,  acantonados en esta isla del Caribe, con toda razón histórica y jurídica, exclaman a viva voz, cuando el celo de orgulloso dueño intuye la intrusión de sus vecinos:

¡Esta es mi casa y yo hago en ella, lo que me dé la gana! ¡Y al que no le guste, que se mude, permute o venda la suya!

Lapidarias y juiciosas palabras del ofendido, cuando el vecino aledaño a su domicilio, le llama la atención porque pone la música alta, o le arroja escombros al patio de aquél, o las excrecencias malolientes de su fosa desbordada invaden el dominio del colindante, o la humareda del crepitante fuego procedente del patio romano criollo, sofoca la respiración del vecino, o la pertinaz filtración del piso superior cae al plano inferior del edificio.

Entonces, manifiestos son en nuestros días los rasgos de la ilimitación interna y del abuso romanos, redivivos en nuestros ciudadanos, prole de los célebres emperadores Calígula y Nerón, para quienes, desde las profundidades del infierno donde moran, aborrecen las palabras del Código Civil cubano, cuando en su artículo 170.2 proclama que “el propietario de un bien inmueble debe abstenerse de realizar actos que perturben más allá del límite generalmente admitido, el disfrute de los inmuebles vecinos”.

¡Un verdadero atentado contra el derecho romano!

Menos mal que aquellos murieron hace muchos siglos pero sus camadas criollas miran de soslayo y con desprecio tal enunciado.

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez (Profesor de derecho)

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