Homo propietarios romanos, su mutación caribeña

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telefonos-publicosDentro del concepto de propiedad, el derecho romano clásico distinguió las cosas que podían ser del patrimonio de un particular o aquellas otras que no pertenecían a nadie, pero cuyo uso era común de toda la población.

De tal suerte, denominó a estas últimas como “cosas comunes” (res communes), “cosas públicas (res publicae) y “cosas universitas” (res universitatis).

Las mencionadas cosas tenían como idéntico rasgo su uso común por la población; pero entre ellas existían diferencias.

El mar, las playas, el agua corriente y, por supuesto, el aire, al no pertenecer a ningún particular, se les llamaba cosas comunes.

Por su parte, las avenidas o vías de tránsito, los puertos y las corrientes de agua dulce en acueductos, eran consideradas cosas públicas, por ser propiedad del pueblo romano.

Finalmente, las cosas universitas pertenecían a personas colectivas o morales pero que, por su destino, no eran objeto de propiedad individual, y se enrumbaban al uso común. Así fueron universitas los teatros, los circos y coliseos de lucha, las ciudades y otras.

Remarco, entonces, su misión social: el uso de dichas cosas para el disfrute de la población romana.

Los romanos aplatanados en estas tierras caribeñas conocen muy bien las bondades de dicha clasificación de las cosas, emprendida por sus ancestros itálicos, y sobre todo, dominan a la perfección que todas ellas se destinan al uso público.

Es así, pues, que disfrutan apaciblemente, sin que se les llame la atención, de las calles (cosa pública) y en ella obstruyen el tránsito vehicular, juegan a la pelota o al fútbol, perforan su superficie en busca de las cañerías de agua corriente y luego, las mal tapan o, sencillamente, dejan el agujero, arrojan escombros y deyecciones de equinos o de plumíferos a las mismas, destruyen los teléfonos públicos (el celular suyo, ¡por supuesto que no!) practican juegos para combatir el ocio (como el dominó) y en su desarrollo ingieren bebidas alcohólicas y escandalizan, porque, al fin y al cabo, la calle es del pueblo y en ella se puede hacer cualquier cosa.

Lo mismo acontece con las playas (¡mare nostrum!) y ríos, dado que al ser comunes, cosas de todos, se depositan en ellas botellas y vidrios, basura contaminante, residuos de alimentos, jabas de nylon, se le extraen toneladas de arena, se deforestan o se les siembra, en plan conservacionista del entorno, plantas exóticas que enrarecen el paisaje: no se hace más que cumplir con los juicios de los padres fundadores de Roma.

En cuanto a los estadios, cines y teatros, propiedad de personas colectivas identificadas como el Estado, los insulares se sientan y se sienten a sus anchas en ellos. Así fuman, beben ron o refresco, o los dos líquidos, arrojan al piso o a la grama, cucuruchos de maní o envolturas de caramelos, maltratan las butacas (¡son suyas, claro!), abuchean, profieren insultos y dispensan torrentes de malas palabras, si no estalla una reyerta entre los asistentes.

¡Son romanos, con un claro sentido de pertenencia a su clase social y de dominio sobre estas cosas!

 Por Arturo Manuel Arias Sánchez (Profesor de derecho)

 

 

 

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