Romanos tropicales

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                                    Romanos tropicales “Risa es crítica”   José Martí

La vida social del romano peninsular gravitaba en torno  a la obediencia debida a la costumbre secular y a la Ley de las XII Tablas; la del romano insular de hoy, da vueltas entre la mala costumbre y la infracción de ley.

La costumbre clásica romana, como fuente de derecho, justamente llamada “usos consuetudinarios de los mayores”, cobra eficacia jurídica al despojarse de atuendos divinos y revestirse, como hecho social, de normas de conductas exigibles a los ciudadanos en el diario vivir, so pena de severo castigo por su inobservancia.

Impuestas por los mayores, el romano común se apegaba a ellas con denuedo.

Así, la costumbre se convirtió en una especie de derecho no escrito, acatado por todos los descendientes de aquellos que fueron amamantados por una loba.

Los romanos tropicales, fieles al acervo cultural legado por los ancestros itálicos, también reverencian la costumbre pero transculturada a estas tórridas latitudes, en los hábitos del vestir y del comer, entre otros.

Si el romano de antaño calzaba ligeras y cómodas sandalias y cubría su cuerpo con casta túnica o toga viril, según el caso, el de hoy, en esta tierra, sólo cubre, con sus cortos y raídos pantalones, sus partes pudendas desde el bajo vientre, con el ombligo al aire y la insinuación de sus malogrados glúteos, cubiertos por el calzoncillo multicolor, hasta  las rodillas, exhibiendo tatuajes grabados en la piel protectora de los músculos pectorales y dorsales, y de los gemelos de sus flacas y velludas pantorrillas. Protege su cráneo (¿qué ideas albergará?), cuyo cuero cabelludo exhibe una cresta de gallo, con gorra de visera señalando el dorso corporal.

Tal parece que el lácteo alimento lupino lo ha metamorfoseado en un hombre-lobo.

Los patricios romanos, todos ellos dotados en sus lenguas de entrenadas papilas gustativas, deglutían en sus banquetes y bacanales exquisitos manjares y espirituosas bebidas; hartos de ellos, acudían al vomitorio, introducían sus dedos índice y del medio en las profundidades de la cavidad bucal, o una plumilla, y con ellos, estimulaban el vómito que aligeraba sus estómagos; luego, retornaban a la mesa a disfrutar otra vez de tales placeres.

Los romanos criollos, en carnavales y festividades de cualquier índole, cristiana o pagana, no se rezagan de aquellos: también  degluten aludes de carnes de puerco y arroz congrí, y como riadas, ruedan esófago abajo la cerveza y el ron; solo les diferencia de aquellos el vómito provocado: acá surge espontáneo.

Mas a pesar de ello, les une, en muestra notoria del atavismo genético y consuetudinario vinculante, las risotadas y palabrotas altisonantes, las bocas entreabiertas que intentan, a la vez, masticar y hablar, en conjunción de saliva y licor, amén de la innata megalomanía de los interlocutores, más conocida como pedante autosuficiencia en el verde archipiélago.

¡Cosas de la costumbre heredada!

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez (Profesor de derecho)

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